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lunes, 2 de mayo de 2011

Movimientos y el "mal menor": reorganizarse y marcar las diferencias....

Movimientos sociales y la izquierda institucionalizada Gilberto López y Rivas

Cartón: Manrique


Recientemente, el sociólogo brasileño Antonio Julio de Menezes Neto publicó en Rebelión (15/04/2011) un condensado artículo en torno al Movimiento de los Sin Tierra. Sostiene que el MST –no obstante que continúa siendo el principal movimiento social en Brasil– ha perdido autonomía en la lucha de clases y pasa a ser visto apenas como un apoyo más del gobierno, ello a partir del cambio en su política con la llegada del Partido de los Trabajadores (PT) a la presidencia del país en la persona de Lula y ahora de Dilma Rousseff. “No presentando más conflictos con el ‘gerente del capitalismo’, o sea, el gobierno federal, y subestimando el papel del nuevo gobierno en la lucha de clases favorable al agronegocio y a la derecha, el MST pierde visibilidad”. Menezes concluye “que la izquierda debe –o mejor, debería– dejar de lado la posición bipartidista del mal menor y reorganizarse con cara propia para la defensa del socialismo. Aunque sea minoritaria, y no llegue al gobierno por ahora, debe comenzar a delimitar su campo propio, marcando sus diferencias con los túcanos (se refiere a los miembros del Partido de la Social Democracia Brasileña) y petistas, y avanzar en la construcción de una sociedad que supere el capitalismo”.


Raúl Zibechi en su libro Autonomías y emancipaciones: América Latina en movimiento (México, Editoriales Bajo Tierra y Sísifo, 2007) analiza el tema de la relación de los movimientos sociales con gobiernos y partidos surgidos de la izquierda institucionalizada, el Partido de la Revolución Democrática mexicano, el Frente Amplio de Uruguay y el ya mencionado Partido de los Trabajadores de Brasil, entre otros: “Están naciendo nuevas formas de dominación, enmascaradas bajo un discurso progresista y hasta de izquierda. Siento que es necesario exponerlas a la luz para contribuir a neutralizarlas y, sobre todo, para evitar que consigan su objetivo mayor: la demolición de los movimientos sociales desde dentro, de un modo mucho más sutil que el represivo pero, por lo mismo, más profundo y duradero”.

Zibechi sostiene que el cambio social emancipatorio va a contrapelo del tipo de articulación que se propone desde el Estado-academia-partidos; la articulación externa siempre busca vincular el movimiento con el Estado o con los partidos, y en ella el movimiento pierde autonomía. Destaca las preferencias de los mayas zapatistas por lo que él denomina política plebeya, la de los de abajo, por sobre la izquierda institucionalizada que asume parcelas del aparato estatal, y en ese proceso, vira hacia la derecha, dejando a los movimientos sin referencia. De aquí se concluye que el divorcio entre la izquierda electoral y los movimientos no tiene solución; en suma, la construcción de una autonomía ligada a la emancipación sólo pueden hacerla los de abajo, con otros de abajo, en los espacios creados por los de abajo.

Frente a estas formas de dominación desde el progresismo estatista, Zibechi propone: 1) comprender las nuevas gobernabilidades en toda su complejidad como resultado de las luchas, pero además como un intento para destruirlas; 2) proteger los espacios y territorios propios: 3) no sumarse a la agenda del poder, crear o mantener la propia agenda; 4) limitar campos, llamar las cosas por su nombre, lo que significa asumir la soledad respecto a los de arriba, y por lo tanto, la hostilidad de la izquierda institucional; 5) potenciar la política plebeya, la unidad en los hechos insurreccionales, en los modos de rebelarse, en poner en común las horizontalidades.

El proyecto “Autonomías indígenas en America Latina: condición indispensable del desarrollo sustentable” (Latautonomy), llega a similares conclusiones que podrían sintetizarse en que a mayor presencia de Estado-mercado-partidos menor posibilidad para desarrollar sujetos autonómicos y movimientos sociales abocados a la defensa de los territorios, recursos naturales, identidades étnicas y resistencias antisistémicas.

También, desde estas páginas, he hecho críticas a los gobiernos y partidos de la izquierda institucionalizada en lo referente a su propensión por proyectos desarrollistas y extractivistas que sirven a una inserción internacional subordinada y funcional a la mundialización capitalista comercial-financiera y avanzan en la fragmentación territorial, con áreas relegadas y enclaves extractivos asociados a los mercados globales. Estos partidos y gobiernos muestran una insensibilidad mayúscula frente a los movimientos sociales, la diversidad étnica y los reclamos de los pueblos indígenas para el ejercicio de las autonomías y la protección de sus territorios y recursos naturales.

De aquí que resulta difícil, si no imposible, aceptar la tesis dicotómica que plantea nuestro colega Guillermo Almeyra en su artículo “El Morena y otro proyecto de país” (La Jornada, 10/04/2011), en el sentido de que sólo existen dos opciones para el diverso y complejo movimiento anticapitalista mexicano, dentro del cual se encuentran los procesos autonómicos de los pueblos indígenas: apoyar al Movimiento Regeneración Nacional (Morena) o mantenerse estérilmente al margen del mismo, “buscar desprestigiarlo y debilitarlo ayudando así a la derecha”.

La aportación que están haciendo las resistencias autonómicas a la transformación revolucionaria del país pasa por fortalecer sus procesos desde la horizontalidad y radicalidad de sus luchas; desde la construcción de redes de comunidades, territorialidades y espacios urbanos y sectoriales en los que se impongan formas nuevas de hacer política; desde la autonomía en el mantenimiento de programas que no se plieguen a la lógica, tiempos y procedimientos de una democracia tutelada por los poderes fácticos.

A Salvador Gaytán Aguirre, combatiente guerrillero y revolucionario de toda la vida.

lunes, 16 de agosto de 2010

"La América del Sur con que sueña Brasil excluye a Estados Unidos"

Se intensifica disputa hegemónica en Sudamérica
Raúl Zibechi
Cuando Marco Aurelio García, asesor especial en política externa del presidente Lula, dijo que América Latina ha dejado de ser el patio trasero”, no exageraba. Podría haber acotado su afirmación a Sudamérica, siendo así más exacto. “Hemos remodelado la casa, así que el patio está muy revaluado”, remató en un encuentro sobre América Latina convocado por la Fundación Friedrich Ebert, en Berlín, en junio pasado.

¿Esta pérdida de poder explica la creciente militarización de la política exterior de Estados Unidos? Si así fuera, se explica la disposición de bases militares en Colombia y Panamá, así como el ingreso de 43 buques, 200 aeronaves y 7 mil marines a Costa Rica. Sin embargo, hace falta encontrar un enemigo que justifique semejante despliegue, toda vez que el argumento del combate al narcotráfico es insostenible. La hipótesis que venimos defendiendo es que el objetivo del Pentágono y la Casa Blanca es Brasil, siendo Venezuela un objetivo colateral en la estrategia para contener al principal rival del imperio en la región.

Los hechos se van encadenando. Desde abril de 2009 China se convirtió en el mayor socio comercial de Brasil, desplazando a Estados Unidos, que ocupaba ese lugar desde la década de 1930. “Una posición que durante siglos anuncia con precisión la irrupción de los grandes liderazgos mundiales”, acota el Laboratorio Europeo de Anticipación Política (Geab No. 43). Además, China se convirtió en el primer socio comercial del Mercosur y de Chile, y el segundo de Argentina y Perú.

Un siglo atrás, Estados Unidos compraba a Brasil 36 por ciento de sus exportaciones, porcentaje que ahora cayó por debajo de 10 por ciento. Cuando la compañía noruega Statoil vendió 40 por ciento de su campo petrolífero frente a las costas de Brasil a la china CNOOC por 3 mil millones de dólares, el diario oficial de Pekín recordó que su país ingresó a la región mediante una alianza estratégica con Argentina y Brasil, porque ambos “disponen de una dinámica industria nuclear, poderosa industria de aviación y excelentes infraestructuras en telecomunicaciones” (Diario del Pueblo, 10 de junio).

Una revista militar atenta a los cambios en el mundo destacó que aunque China aún no es un gran proveedor de armas en la región, “existe un vínculo directo entre las grandes transferencias de armas y la naturaleza de las relaciones políticas y económicas (Military Review, enero de 2009). Asegura que en los últimos años más de 100 oficiales de 12 países de la región egresaron de las academias del Ejército Popular de Liberación chino y que decenas de otros oficiales viajan a menudo al país asiático.

Con Brasil las relaciones chinas son más estrechas aún. Fuentes de inteligencia aseguran que “han cooperado en tecnología militar secreta para misiles balísticos y comunicaciones avanzadas”, como parte del proyecto brasileño de desarrollo de su industria de misiles.

El 28 de julio The Washington Times difundió un informe en el que la inteligencia estadunidense asegura que se está reactivando la red de contrabando nuclear del científico Abdul Qadeer Khan, padre de la bomba atómica paquistaní. Además de varios países de porte menor, como Burma, Sudán y Siria, las fuentes involucran a Brasil. Juego sucio a cargo de los servicios de Washington, que recelan de la autonomía nuclear y militar brasileña.

Los estrategas del Pentágono y la Casa Blanca, así como el pensamiento duro de la superpotencia, saben de sobra que el único país latinoamericano que puede significarles un problema en algún momento es Brasil. Es el único que tiene una proyección global y, muy en particular, regional. Cuenta con el séptimo parque industrial del mundo, con un complejo militar-industrial importante y mucho dinero para invertir. Tiene, sobre todo, estrategia propia. Muestra de ello es la Estrategia Nacional de Defensa aprobada dos años atrás.

Ahora está incrementando considerablemente su capacidad de combate. El 31 de julio finalizaron los 12 días de maniobras militares Atlántico II, un amplio ejercicio militar que abarca todo el litoral marítimo, con especial énfasis en la defensa de las plataformas petrolíferas en mar abierto y las instalaciones nucleares. Diez mil hombres de las tres armas fueron movilizados por segunda vez. “La defensa de la Amazonia Azul debería transformarse en una de las prioridades de la nación”, dijo el almirante de escuadra Augusto Dias Monteiro.

Samuel Pinheiro Guimaraes, titular de la Secretaría de Asuntos Estratégicos de la Presidencia, acaba de publicar un importante artículo, “América del Sur en 2020” (Carta Maior, 26 de julio). “El futuro de Brasil depende de América del Sur y el futuro de América del Sur depende de Brasil”, asegura. Sostiene que el principal desafío “será la superación de las asimetrías entre los estados de la región, promoviendo el desarrollo de los más atrasados para convertir la región en una gran área económica, dinámica e innovadora”.

Acepta que las multinacionales brasileñas (Petrobrás, Vale, Odebrecht…) están “asumiendo una importancia cada vez mayor en cada Estado vecino” y apuesta a un enorme esfuerzo, sobre todo brasileño, para evitar el estancamiento –que considera inevitable si quedan librados al mercado– de los pequeños y poco poblados países que rodean a Brasil. Propone un Plan Marshall para “estimular y financiar la transformación económica de los países menores”. Si esto no se hace, y sólo Brasil puede hacerlo, la inestabilidad volverá a reinar.

Quien propone un Plan Marshall necesita acotar la presencia extracontinental en la región. La América del Sur con que sueña Brasil excluye a Estados Unidos. Washington no tiene ya fuelle económico para mantener su hegemonía en Sudamérica, que es imprescindible para sostener su hegemonía global. Ni siquiera puede garantizar que Colombia y Venezuela resuelvan su conflicto en la OEA y debe aceptar la intervención de Unasur. Sólo atina a emplear la fuerza de las armas para retrasar el proceso, política que se convirtió en el núcleo de su estrategia para la región.

martes, 10 de marzo de 2009

Democracia como concepto... Democracia como realidad

Mitos, realidades y utopías sobre la democracia

(A partir de Cornelius Castoriadis)

Gustavo Andrés Lund Medina
Rebelión


Introducción sobre lo político y la política

Para el filósofo griego Cornelius Castoriadis todo Poder es heterónomo, a menos que sea instituido democráticamente; además, éste se sostiene en gran medida en un infra-poder radical (implícito) que sobre todos los individuos ejerce una determinada institución de la sociedad al socializarlos.

El Poder explícito es una institución social que aparece históricamente y que tiene como funciones las de establecer el orden, asegurar la vida y la operación de la propia institución de la sociedad. Este Poder se ejerce, en sus primeras formas, necesariamente como poder gubernamental (ya que requiere télos o fines sociales) y judicial (porque siempre aplica una forma de diké o justicia) -y muy posteriormente como apariencias de poder legislativo y ejecutivo.

Esta esfera del poder explícito nos remite a lo Político, que puede implicar el dominio sobre determinados grupos (mujeres y esclavos, p.e.) pero no forzosamente la forma del Estado. De hecho, el Estado aparece históricamente cuando ese poder explícito emerge como una institución separada de la colectividad “e instituida de tal manera que asegure constantemente su separación.”

El Estado implica entonces, un aparato de Estado: con una burocracia separada (civil, clerical, militar), jerárquica y con áreas de competencia. No sólo tiene el monopolio de la violencia legítima (Weber) ya que su poder implica mucho más: es el Amo de la palabra legítima, de la significación válida, para así poder ser el Amo de la violencia.

Desde esta perspectiva, la polis democrática griega no es un Estado. Para Castoriadis, la filosofía y la política, como proyecto de autonomía, se instituyen juntas precisamente en el imaginario de la democracia griega. El cuestionar y reflexionar todas las significaciones de la tradición (filosofía) sólo puede instituirse en una sociedad democrática, en la que existe la Política como tendencia hacia la autonomía. ”La política es proyecto de autonomía: actividad colectiva reflexionada y lúcida tendiendo a la institución global de la sociedad como tal.” Para este filósofo griego, una política de la autonomía implica:

“Crear las instituciones que, interiorizadas por los individuos, faciliten lo más posible el acceso a su autonomía individual y su posibilidad de participación efectiva en todo poder explícito existente en la sociedad.”

Lo político heterónomo ha prevalecido en toda la humanidad con dos rupturas históricas: en la Grecia clásica y en el Occidente moderno, en donde florecen la Democracia y la política, como proyectos y tendencias.

I. Mistificación, realidad y deber ser político

Algunos pensadores caracterizaron al mundo occidental moderno de manera mistificadora como el reino de la libertad y la democracia. Incluso llegaron a afirmar que en eso se distinguía la época moderna del antiguo régimen. Políticos que gobiernan las más importantes sociedades occidentales de nuestros días todavía promueven opresiones, tiranías y guerras en nombre de tales valores. Sus propagandistas afirman que en estas últimas décadas hemos asistido al triunfo definitivo de la Democracia y del libre mercado que la sustenta. Hemos llegado de esta manera al Fin de la Historia, de la Ideologías y de las Utopías.

Lo cierto es que el mundo occidental-occidentalizado tiene la peculiaridad de ser atravesado por dos tendencias opuestas, que se combaten y contaminan: la del capitalismo y la de la autonomía.
-De la lógica capitalista viene la racionalidad dominadora (de lo económico enajenado o Capital), la explotación (del hombre y de la naturaleza) así como la refuncionalización de viejas opresiones, con su secuela de desigualdades e injusticias; tal es su tendencia a la barbarie.

-De la tendencia de la autonomía, emancipadora y libertaria, viene el pensamiento crítico y los diversos movimientos que han derribado monarquías, independizado (relativamente) países, conquistado derechos y libertades individuales y colectivas, sociales y políticas; esa es su lógica civilizadora.

Con todo, es verdad que a partir de los ochenta se vive lo que Castoriadis llama la “época del conformismo generalizado”, el eclipse del proyecto de la autonomía, que viene acompañada de las mitificaciones sobre la Democracia.

Reimpulsar el proyecto de la autonomía y del pensamiento crítico y emancipador, es significar a la Democracia como lo que no es pero debe ser, como Utopía, pero a condición de que sea racionalmente posible y factible, de modo que genere un proyecto de política estratégica para una nueva “izquierda de la izquierda, radicalmente democratizadora y, por ello mismo, anticapitalista.

Para volver al significado radical de la Democracia, Castoriadis distingue, inspirándose en los griegos, tres espacios humanos:

a) el oikos = la esfera de asuntos privados;
b) el ágora = la esfera de asuntos privados y públicos;
c) la eklessia = la esfera de asuntos públicos, de la política que se juega en las asambleas (legislativas y ciudadanas), el gobierno, los tribunales.

La Democracia, como gobierno del pueblo, resulta ser, en consecuencia, el devenir público de la esfera pública, preservando, ampliando y autolimitando los derechos o libertades conquistadas.

II. Mitos y realidades

De esta perspectiva, las “democracias modernas” no son sino seudodemocracias ya que en realidad privatizan la esfera pública -aunque no jurídicamente, sí en los hechos pues “lo esencial de los asuntos públicos es siempre negocio privado de los diversos grupos y clanes que se reparten el poder efectivo”. Es verdad que estas seudodemocracias preservan ciertos derechos, por lo que son liberales, aunque (sin contradicción) profundamente estatistas, centralizadoras y burocráticas. En ellas lo público se subordina al interés particular de las grandes empresas capitalistas, de modo que más que Democracias (en la que “gobiernan los muchos, que son pobres”) son Oligarquías (en las que “gobiernan los pocos, que son ricos”), sostenidas ideológicamente por la metafísica de la representación política, con una falsa división de poderes (que ocultan que el poder en realidad no está en lo público) y Constituciones que casi son letra muerta y leyes para especialistas. Pero vayamos por partes, contrastando Mitos y Realidades.

Mito 1 : La Democracia es el régimen político que existe en el mundo occidental-occidentalizado.

Realidad: La Oligarquía es el régimen político del capitalismo burocrático moderno; en el mundo occidental-occidentalizado la democratización es una tendencia que ha conquistado ciertas libertades y derechos, pero el capitalismo actual domina políticamente como una oligarquía liberal.

Mito2 : La Democracia realmente existente convierte a la esfera política en un asunto público: es el gobierno del pueblo.

Realidad: La oligarquía liberal que impone su hegemonía política con la “ilusión necesaria” de que es una democracia, vuelve a la esfera política en un asunto privado: apropiado por y al servicio de una oligarquía política (burocracias de partidos, de gobiernos) que sirve a las oligarquías económicas.

Mito 3: La Democracia liberal y representativa, con el mercado libre y el capitalismo como sustento, han triunfado. Por eso vivimos el fin de la historia.

Realidad: La lógica de la Democracia (crítica y emancipadora) es incompatible con la del capitalismo (fetichista y explotadora); de hecho, el mercado libre es otro Mito y el capitalismo sofoca todo proceso democratizador que atente contra su dominio (Cfr. Noam Chomsky). Por ello, la historia sigue abierta.

Mito 4: La Democracia realmente existente sólo funciona con libertades negativas (derechos individuales), ya que las libertades positivas la pervierten.

Realidad: Una auténtica Democracia sólo funciona con libertades positivas (de participación política), ya que sin ellas las libertades negativas se pierden.

Mito 5: La Democracia choca con la igualdad; para preservar la libertad hay que dejar de lado una imposible igualdad. El discurso liberal distingue, por un lado, la realmente existente Democracia moderna o formal (ante la ley), que valora la libertad negativa, y, por otro, la irrecuperable Democracia antigua o sustancial (social), que valora la igualdad. Por eso, para el liberalismo la libertad y la igualdad son incompatibles (Cfr. Norberto Bobbio).

Realidad: La Democracia requiere la conjunción de libertad e igualdad. No existe, como pretende el liberalismo, contradicción entre libertad e igualdad sino una implicación recíproca: soy libre si tomo parte en las decisiones sobre lo que me incumbe, lo que es válido para mí y para los otros: lo que implica reconocer la libertad y la igualdad de los otros –una igualdad ante la ley y de derechos, pero también de oportunidades y de satisfacción de necesidades básicas.

Mito 6: La Democracia realmente existente sólo puede ser representativa; los representantes encarnan la soberanía del pueblo. Es por eso que el momento culminante de la Democracia son las elecciones libres.

Realidad: La representación política o es una burda mistificación (el día de las elecciones se canaliza una supuesta voluntad general que encarna en los políticos capaces de re-presentar la voluntad del elector singular en las decisiones políticas) o una enajenación de la soberanía de los que delegan en los delegados (Rousseau); o bien, es una delegación inaceptable ya que la representación en su sentido más estricto, en el jurídico, es delegación: es delegar poderes para el propio interés pero siempre revocable; en cambio, en el plano político es un delegar irrevocable; en lo jurídico la representación es determinada, en lo político es indeterminada, por un largo período y puede producir situaciones irreversibles. Además, las elecciones no son libres porque ya están predeterminadas por los propios representantes políticos, las oligarquías económicas y el poder de los medios de comunicación de masas; son esos poderes quienes definen, finalmente, las opciones del elector, con el recurso cada vez más socorrido del fraude electoral legalizado. Además, el cuerpo político de “representantes” políticos se separa del control de la sociedad y de los intereses mayoritarios, cuida sus intereses particulares y comulga con otros poderes fácticos, especialmente los económicos. Por eso es falso que en la Democracia el sitio del poder esté vacío y nadie puede ocuparlo; lo cierto, más bien, es que ese sitio está tan fuertemente ocupado que resultará una tarea casi titánica desplazar a quienes hoy día lo ocupan. Por ejemplo, los senadores de EEUU llegan a su puesto por el dinero de las oligarquías a través de Comités legales, volviéndose puestos vitalicios. Una Democracia auténtica abriría espacio para que se tomen decisiones directas e informadas por parte de los ciudadanos, para acotar y hacer revocable en todo momento la delegación, para garantizar que los grupos tradicionalmente excluidos tengan peso político, restándole poder a las oligarquías, en fin: para volver verdaderamente pública a la esfera pública.

Mito 7 : La Democracia realmente existente funciona con una división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), que son independientes y funcionan como contrapesos entre sí.

Realidad: En las oligarquías liberales capitalistas la propia representación política también resulta engañosa porque, en realidad, el parlamento o las Cámaras de diputados y senadores no disponen del poder pues éste se encuentra en instancias políticas extraparlamentarias: en la alta burocracia del gobierno y del partido mayoritario, que responde a sus propios intereses y a los del Capital. Por eso la famosa separación de poderes es otro engaño: la alta burocracia del partido mayoritaria dispone de los Poderes, principalmente del Ejecutivo -que en realidad no ejecuta leyes sino que gobierna y decide, dentro de cierto marco legal pero con la posibilidad de modificarlo y de usar su poder discrecional- que a su vez subordina al Legislativo y al propio poder Judicial, cuando éste tiene en sus manos un asunto político. Otro elemento de poder soslayado por los modernos teóricos de la política es el de la burocracia, que se impone en las empresas, en el Estado y en los partidos, de modo que estos últimos son dominados por clanes que se auto-reclutan y afianzan en el lugar de las decisiones, con luchas a muerte y sacrificios que remiten a tradiciones ancestrales y nada modernas, que se encuentran ya en los antiguos imperios y las mafias. Si en algún lado esto está velado, en México el poder va desnudo.

Mito 8: La Democracia realmente existente pone al Estado al servicio de la sociedad, así sea a costa de hacerlo mínimo y policiaco.

Realidad: El régimen de la oligarquía liberal refuerza la enajenación del Estado y la enajenación de éste a la lógica del Capital, privatizando y mercantilizando los bienes y servicios públicos. Lo político se pone al servicio de la irracionalidad del capitalismo, de la reproducción de la estructura económica y de la desigualdad de recursos y rentas. Lo político finalmente se subordina a otro de los grandes Mito de la modernidad: al Mito del Desarrollo o del Progreso.

Mito 9: La Democracia realmente existente funciona instaurando un Estado de derecho para someter a los ciudadanos a las normas.

Realidad: Los procesos democratizadores, igualitarios y justicieros forjaron al Estado de Derecho para limitar la arbitrariedad del propio poder estatal y proteger a los ciudadanos. Es claro que ese sentido se ha pervertido, reforzando la enajenación de lo político y sus poderes represivos: “concebido para atar las manos al poder, (el Estado de derecho) termina por desatárselas”. En realidad, el Estado de Derecho debe servir, en principio, para someter al Estado, no a los ciudadanos; debe depender no tanto de la aplicación rigurosa de las leyes sino de una interpretación de las mismas con una Justicia que vaya más allá de ellas. En un verdadero Estado de Derecho, las Leyes no se imponen sobre la Justicia, sino la Justicia (que siempre es una cuestión abierta) sobre las Leyes.

Para concluir…

Mito 10: La Democracia liberal es procedimental (formal) y no sustantiva (con contenidos), por eso es neutral y sin adjetivos.

Realidad: La seudodemocracia liberal es sustantiva porque lo político siempre tiene sustancia (neoliberal, p.e.) y son seres humanos concretos los que ejecutan y dan contenido al procedimiento. La crítica marxista a lo formal (igualdad, Derechos humanos) que encubre a lo real (desigualdad, Derechos humanos subordinados al poder de la propiedad privada y el mundo burgués) no implica negar las libertades y derechos conquistados sino denunciar sus limitaciones y parcialidades (al Estado moderno como dictadura de la burguesía, encubierta ideológicamente como democracia formal) para ampliarlas con una revolución social instituyendo una auténtica democracia (de acuerdo a otra “fuente y parte integrante del marxismo” olvidada por Engels pero definitiva en Marx: la democrática, que viene de la Revolución francesa y remite a los griegos). Si lo político de las seudodemocracias occidentales implica además la imposición de ideas del bien común (contenidos sustanciales, como la seguridad), un régimen democrático tendría como objetivo sustancial a la propia libertad, que sería un mínimo de bien común, de vivir-bien: “la ciudad debe hacer todo lo que sea posible para ayudar a los ciudadanos a devenir efectivamente autónomos.”

En resumen: la Democracia liberal u occidental no es formal ni neutral, simplemente no es Democracia. El problema no consiste en ponerle o no un adjetivo (“democracia burguesa” o “democracia sin adjetivos”) sino en desmitificarla con su sustantivo correcto: las supuestas Democracias de las sociedades occidentales-occidentalizadas son, en realidad, regímenes oligárquicos, subordinados al Capital, que otorgan ciertas libertades, atravesados por una tendencia que encarna otro futuro posible: el de una Democracia radical y anticapitalista.

Todavía más: en estas seudodemocracias modernas en realidad rige una abierta Dictadura del Capital: del Dinero y de las Mercancías, de la Máquina y del Mercado, de la Cosa sobre la vida. No es, para nada, el reino de la libertad sino un mundo de explotación y enajenaciones que alcanza hasta los últimos rincones del oikos (o esfera privada), que arrasa y desequilibra a la physis (naturaleza). Reforzando esa Dictadura del Capital, se levanta la Dictadura de un Estado enajenado (eklessia o sociedad política), que significa coerción u opresión política, jurídica, policíaca, militar, “terrorismo de Estado” y “lavado de cerebros” (Chomsky), otorgando ciertas libertades que siempre están en riesgo. Esta forma de dominio se sostiene, también, desde la esfera de la sociedad civil (del agora) de diversas maneras y destacadamente a través de la Dictadura de los Medios de Comunicación y del Totalitarismo informativo-propagandístico, que impone sus “ilusiones necesarias” para mantener sometidas a las mayorías. La Democracia no tiene lugar (u-topos) en el sistema capitalista, por lo que sólo es una utopía. Pero una utopía subversiva que apunta más allá de este mundo como un debe ser que pone en cuestión todas las formas de dominio y poder actuales. Una utopía que es, además, racional y posible porque la sostiene la infatigable corriente democratizadora y libertaria, igualitaria y justiciera que se expresa en todos los movimientos sociales que han declarado que un mundo capitalista es ya imposible y que Otro mundo, radicalmente democrático, es posible, deseable y necesario.

BIBLIOGRAFÍA
Abensour, Miguel. La democracia contra el Estado. Colihue, Buenos Aires, 136pp.
Bobbio, Norberto. Liberalismo y democracia. FCE, México 2002, 114pp.
Castoriadis, Cornelius. Figuras de lo pensable. FCE, México 2001, 302pp.
Castoriadis, Cornelius. El mundo fragmentado. Editorial Altamira, Montevideo 1993, 171 pp.
Castoriadis, Cornelius. El avance de la insignificancia. EUDEBA, Buenos Aires 1997, 295pp.
Castoriadis, Cornelius. Hecho y por hacer. EUDEBA, Buenos Aires 1998, 342pp..
Chomsky, Noam. El miedo a la democracia. Grijalbo/Mondadori, Barcelona 1992, 419pp.
Tomado de www.rebelion.org

lunes, 2 de febrero de 2009

La política del campo de concentración. Raúl Zibechi




Raúl Zibechi

Sólo abusando del lenguaje puede concebirse la incursión israelí en la franja de Gaza como parte de una guerra. El concepto de guerra supone el enfrentamiento entre dos cuerpos armados, regulares o irregulares, estatales o no estatales. En este caso, la desproporción de fuerzas es tan evidente que, en rigor, no puede hablarse de verdaderos combates. Ni siquiera es aplicable el concepto de “guerra asimétrica”, creado por los estrategas militares imperiales para dar cuenta del conflicto entre estados y actores no estatales.
Cuando la relación de muertos por cada bando es de uno a 100 y la de heridos la supera con holgura, por no hablar de los daños materiales, que se encuentran en su totalidad en un solo lado, parece evidente que se debe acudir a otras ideas para dar cuenta del proceso en curso. Puede hablarse de política de exterminio o de terrorismo de Estado, pero la trascendencia de lo que sucede impone ir más allá. El filósofo italiano Giorgio Agamben sostiene en sus libros Lo que queda de Auschwitz y El poder soberano y la nuda vida que existe un espacio donde el estado de excepción es la regla y donde “la situación extrema se convierte en el paradigma mismo de lo cotidiano”. Ese lugar es el campo de concentración.
En efecto, el campo de concentración es aquel espacio donde aparece la “vida desnuda”: la vida despojada de cualquier derecho, de modo que la inexistencia de estatuto jurídico –hija directa del estado de excepción devenido en regla– permite que al ser humano que ha sido excluido y recluido en el campo “cualquiera puede matarle sin cometer homicidio”. Para Agamben el campo de concentración es el acontecimiento fundamental de la modernidad, porque es “el paradigma oculto del espacio político”.
La radicalidad de su pensamiento lo lleva a asumir que la política actual se ha transformado en el espacio de la “vida desnuda”, es decir, en un campo de concentración donde se practica el dominio total. “La esencia del campo de concentración –asegura– consiste en la materialización del estado de excepción y en la consiguiente creación de un espacio en el que la vida desnuda y la norma entran en un umbral de indistinción”. Toda vez que las elites del planeta necesitan ese dominio total para mantener a raya a los de abajo, porque abandonaron los estados de bienestar con los que buscaron integrar a las “clases peligrosas”, el estado de excepción se convierte en el modo de gobierno dominante.
En suma, el campo de concentración como paradigma de la dominación actual. La población de Gaza vive, de hecho, en un gigantesco campo en el que no pueden ejercer sus derechos, ni siquiera el elemental de elegir mediante el voto a sus gobernantes. Debe recordarse que la etapa actual del conflicto comenzó cuando la población votó mayoritariamente por Hamas, algo que ni Israel ni Estado Unidos ni la Unión Europea están dispuestos a tolerar.
Pero Gaza no es, por cierto, el único campo de concentración existente en el mundo en el sentido que le da Agamben. Su existencia alumbra un modo de dominación que va ganando terreno en todo el mundo. ¿Cuántos espacios existen donde es posible matar al otro sin cometer homicidio? En América Latina es la situación cotidiana de buena parte de los pueblos originarios y de millones de habitantes de las periferias pobres de las grandes ciudades. ¿Qué son las favelas brasileñas y los barrios de Puerto Príncipe sino enormes campos de concentración a cielo abierto, donde el Estado puede “no ya hacer morir ni hacer vivir, sino hacer sobrevivir”? Con la excusa del narcotráfico y la delincuencia miles de latinoamericanos pobres son muertos cada año con total impunidad.
Al pueblo mapuche se le sigue aplicando la ley antiterrorista de Pinochet para resolver conflictos sociales y las comunidades están militarizadas. Patricia Troncoso realizó una huelga de hambre de más de 100 días, a fines de 2007, sólo para tener la posibilidad de que sus demandas sean escuchadas. Los cortadores de caña afrocolombianos tuvieron que hacer dos meses de huelga para conseguir que la patronal aceptara reunirse con ellos. Los ricos del azúcar nunca se dignaron tratarlos como seres humanos.
Pero hay algo más. Desde el momento en que, según Agamben, el campo de concentración se ha convertido en el paradigma biopolítico de Occidente y que ello impide cualquier “retorno posible a la política clásica”, surgen nuevas preguntas. ¿Cómo hacer política desde y en el campo de concentración? No lo sabemos, porque apenas estamos comenzando a comprender estas nuevas realidades. Sabemos, sí, que hacer política desde las instituciones es un modo de consolidar el campo de concentración, ya que sus reglas y modos están hechos a la medida de los guardianes que pueden “matar sin cometer homicidio”.
La fuga no parece posible porque no existe un afuera, sino un archipiélago de campos destinados a albergar a los de abajo. La tendencia dominante en las democracias occidentales, dice Agamben, consiste en que “la declaración del estado de excepción está siendo progresivamente sustituida por una generalización sin precedentes del paradigma de seguridad como técnica normal de gobierno”. De ese modo se instaura una suerte de totalitarismo, a través de “una guerra civil legal, que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier razón resultan no integrables en el sistema político”.
Reinventar la lucha por la emancipación en estas condiciones y en esos espacios supone hacer política por fuera de las instituciones. Para hacerlo, no tenemos una teoría ya pronta para ser aplicada, entre otras cosas porque las nuevas formas de dominación están siendo ensayadas gradualmente. Sólo podemos contar con la experiencia de nuestros pueblos que buscan desbordar el estado de excepción permanente con iniciativas novedosas. La minga indígena en Colombia, la otra campaña zapatista, la resistencia mapuche y de los pobres urbanos, son referencias y pueden ser inspiración.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2009/01/30/index.phpsection=opinion&article=025a2pol
NOTA: LA IMÁGEN FUE TOMADA DE LA "AZZOCIACIONNE YA BASTA". http://www.yabasta.it/spip.php?article648