viernes, 6 de mayo de 2011

Ética y Política: Tender puentes, no buscar escaleras...

La ética necesita un lugar otro para echar raíces y florecer

RAÚL ZIBECHI


Tomado de Revista Rebeldía No. 77, mayo de 2011



Febrero del 2011:


Don Raúl: Saludos. Hemos leído algunos de tus últimos escritos y creemos que estamos en la misma sintonía. Por eso queremos invitarlo a que se sume y aporte sobre este tema de Ética y Política. Un abrazo. SupMarcos.



A invitación del SCI Marcos, desde el Uruguay, Raúl Zibechi se une al intercambio epistolar sobre Ética y Política. Con esta carta se une al debate.



Carta al EZLN


Marzo de 2011


Para: Subcomandante Insurgente Marcos-Ejército Zapatista de Liberación Nacional.


De: Raúl Zibechi.



Abrazos a las y los compas zapatistas desde esta esquina del continente sudamericano. Y un abrazo de corazón a esas niñas y esos niños que sufren la guerra de arriba, esa guerra en cuya dirección se van turnando conservadores y progresistas, derechas y seudo izquierdas que tienen en común su aversión —y temor— a todos los abajos. Que sólo son aceptados como muchedumbres pasivas en sus desfiles, que ahora llaman manifestaciones y, sobre todo, en el sacrosanto día de acudir a las urnas.



A medida que el mundo, nuestro continente y nuestros diversos abajos están siendo cada vez más afectados por las múltiples guerras del arriba —la guerra del hambre por la especulación con alimentos, la guerra del silencio informativo para ningunearnos, la guerra de las políticas sociales para domesticarnos, y la guerra guerra de balas y cañones para eliminar matando— se vuelve urgente trazar “fronteras”entre los más diversos “nosotros” y los más diversos “ellos”, aun a riesgo de llevarnos alguna desagradable sorpresa.



Ante cada salto adelante de la revuelta mundial de los de abajo, cuando se enfrentan multitudes armadas de piedras con helicópteros artillados y cazas bombarderos, llega el turno de preguntarse: ¿de qué lado? ¿con quiénes? Preguntas que sólo pueden responderse con el corazón y el más elemental sentido de solidaridad humana, aunque todos los días vemos a los que ocupan los pedestales del arriba haciendo cálculos de ganancias y pérdidas, con razones mediocres que sirven para explicar cualquier cosa porque ciertas palabras, como decía León Felipe de la justicia, valen menos, infinitamente menos que el orín de los perros.



Cuando los miles y los millones ganan las calles, como hicieron en enero de 1994 en México y en el Río de la Plata en diciembre de 2001, no hay otra que celebrar, acompañar, dejar los quehaceres del momento y salir con ellos compartiendo alegrías y dolores. “¿Y después qué?”, era la pregunta que nos descerrajaban sesudos analistas y dirigentes de izquierda. Después, nunca se sabe. Lo único que podemos decir es: ahora, y basta.



Mientras las aguas están calmas, los márgenes para la especulación se ensanchan hasta volverse océanos de discursos; palabras y más palabras se pueden pronunciar una tras otra, una y otra vez, porque no están atadas a hechos, acciones, decisiones, compromisos. Son, digamos, palabras. Como las del político de arriba, que responden al capricho y al interés individual.



Pero cuando las aguas se encrespan, cuando el oleaje revienta en marejada, ya nada queda en su sitio. Los tiempos para el cálculo y la especulación dejan paso a respuestas casi automáticas, y es ahí donde los cada cuales responden según los valores que han ido cultivando. En las crisis, como en los naufragios, sólo hay salidas colectivas, por el sencillo hecho de que en la opción individual no caben los todos. Esta es una primera lección que están desempolvando las rebeldías que sacuden el mundo.



Un sistema en descomposición



Podemos hacer todos los esfuerzos intelectuales que sean necesarios para comprender lo que está sucediendo en el mundo. Recoger datos, clasificarlos, analizarlos, compararlos,


someterlos a la prueba del error, y así hasta ir redondeando alguna hipótesis sobre esto que llamamos crisis sistémica, que se va pareciendo cada vez más a un caos sistémico.



¿Cómo entender la crisis del sistema? Dicen que hay leyes que rigen la economía, que


muestran tendencias y signos inequívocos de que estamos ingresando en un período en el cual el capital encuentra límites para su acumulación. Y hay otras teorías que hablan de que la caída del capitalismo es inevitable y que el mundo unipolar, o sea el mundo centrado en la hegemonía de un solo país, los Estados Unidos, ya es insostenible.



En opinión de algunos, y podemos estar equivocados, eso que llamamos crisis sistémica, no es ni más ni menos que un ¡Ya Basta! masivo, contundente y generalizado de los de abajo de todos los rincones del mundo. Crisis es: cuando mujeres y jóvenes, niños y niñas, campesinos y obreros, indígenas y estudiantes, ya no aguantan más y sus peleas se hacen tan fuertes que los de arriba, los dueños del capital, empiezan a llevarse sus dineros a lugares más seguros. Y lo que arman es un casino gigante donde juegan a sacarse el dinero unos capitalistas a otros, porque los de abajo ya no se dejan robar y explotar tan fácilmente.



Dicen Giovanni Arrighi y Beverly Silver en su trabajo que abarca cinco siglos de historia del capitalismo, Caos y orden en el sistema mundo moderno, que esta crisis tiene un rasgo bien diferente a todas las anteriores. Ahora la lucha de los abajo es tan potente que por si sola hace entrar en crisis al sistema. Así sucedió en toda América Latina desde el Caracazo de 1989 hasta la segunda guerra del gas en Bolivia en 2005 y la comuna de Oaxaca en 2006. No fueron las “leyes objetivas” las que hicieron entrar en crisis el modo de dominación, sino los pueblos en las calles quienes desbarataron el modelo neoliberal.



Eso que llamamos crisis sistémica se parece a un huracán que nos afecta a todos y a todas. No hay pueblo ni grupo social que quede a salvo, y muchas de las herramientas que supieron construir a lo largo de los siglos de resistencias han quedado inservibles. No sólo las de antes, las organizaciones “históricas” de los de abajo, sino también una parte de las más nuevas, los llamados movimientos sociales, se han ido convirtiendo en objetivos en mismos, en grupos guiados por la lógica de la sobrevivencia. Por inercia, o por las razones que sea, una parte de lo inventado para resistir no está sirviendo para resistir en este período en el que todo se descompone. Incluso nuestro mundo se descompone. Por eso estamos forzados a reinventar nuestras herramientas de resistencia y nuestros mundos.



Qué decir de las teorías, las ideologías, los análisis científicos. Las previsiones de los “cuentistas” sociales y políticos se parecen a esos partes meteorológicos que lo único que aciertan es a decir a qué hora salen el sol y la luna, y todo lo demás es incierto. Los “cuentistas” sociales, como corresponde, no se hacen cargo de sus pronósticos. No ponen el cuerpo junto a sus análisis.



¿Qué hace un navegante cuando los mapas de navegación se muestran errados, cuando


las brújulas y los relojes y los sextantes ya no marcan con la precisión de antaño? ¿Y qué hacen los rebeldes sociales cuando ya nada se puede esperar de Estados e instituciones, de partidos y organizaciones que hablan de cambio y revolución pero en realidad están buscando el mejor modo de acomodarse en este mundo?



¿Podemos confiar en la ética como soporte y guía


de nuestros movimientos, de nuestras opciones, y


como machete para desbrozar senderos?



Es posible unir ética y política



Proponen los zapatistas abrir un debate/intercambio sobre ética y política. “¿Es posible traer la Ética a la guerra?”, nos pregunta el Subcomandante Insurgente Marcos en su carta a Luis Villoro. Podemos alargar la pregunta para incluir la política. ¿Ética y política pueden ir juntas? No es tan evidente la respuesta.



¿Cómo sería? ¿Alguien se imagina poniendo unas dosis de ética en alguno de los partidos que ocupan ministerios? ¿Y en las cámaras de diputados y senadores? ¿Cuánta? ¿Hasta llenar cuántas páginas de discursos? ¿Cuál debería ser la dosis de ética necesaria para remover décadas de prácticas guiadas por el mezquino cálculo de beneficios medidos en cargos, viajes y sueldos extraordinarios? Es evidente que allá arriba la ética es convidado de piedra o argumento para discursos. Son dos dimensiones que habitan mundos diferentes y que no pueden dialogar ni entenderse.



Una fría noche de 1995 el comandante Tacho se dirigió a la multitud en la plaza de San Andrés para explicar lo que habían discutido ese día con los representantes del gobierno, en unas pláticas que finalmente desembocaron en los Acuerdos de San Andrés. “Nos pidieron que les expliquemos qué es la dignidad”, dijo, provocando un terremoto de carcajadas. Con la ética pasa algo parecido. Es o no es, pero no puede explicarse, aunque he visto bibliotecas enteras pretendiendo analizarla.



La ética necesita un lugar otro para echar raíces y florecer. Y ese lugar es abajo y a la izquierda, allí donde ha ido naciendo otra manera de hacer política, donde la palabra está anudada a la vida y la vida son hechos contundentes, ni grandes ni pequeños, sino los hechos de todos los días de los de abajo. Esa política otra, la que nace en el subsuelo para quedarse allí, la política que no busca escaleras para llegar arriba sino puentes y barcas para llegar a otros abajos, y entre todos los abajos construir un mundo diferente. Esa política es ética, y sólo ella puede serlo.



La barca de la política de arriba, que es la misma política de los que quieren llegar arriba, tiene junto a su timón una enorme brújula que siempre apunta a un norte que se llama pragmatismo o realismo. Que es el arte de jugar con los elementos que existen, con la “correlación de fuerzas” (el latiguillo más gastado de las izquierdas de arriba), con la realidad real. El pragmático y realista mide con la mayor exactitud la coyuntura, la destripa para sacarle todo el jugo posible, para jugar con ella el juego de acomodar las piezas de ajedrez en el tablero del mejor modo posible para sus intereses. (Véase que el político de arriba no diferencia entre política y economía, y usa los mismos conceptos en ambas esferas).



El político pragmático y realista, cuando los pueblos se levantan, cuando ponen el cuerpo a las balas y a los cañones del tirano, no se inmuta por la sangre derramada. Se limita a calcular a quiénes puede beneficiar y a quiénes perjudicar la caída del tirano y el triunfo de los insurrectos. Saca sus cuentas, con el mismo fervor y la misma repugnante indiferencia con que hace cálculos electorales.



Renuncia, por lo tanto, a crear un mundo nuevo. Que no puede ser el simple acomodo de las piezas existentes sino otra cosa, otro juego. Administrar las cosas que existen, jugar con las piezas del sistema, implica aceptar las reglas del sistema y esas reglas se llaman, en segundo lugar, elecciones. En primero, someterse a la violencia de arriba, eso que llaman monopolio-de-la-violencia-legítima. (Los zapatistas la sufren a diario, es violencia a secas, y no vale la pena extenderse ahora). La política otra, la política ética, rechaza las piezas y las reglas del juego que nos quiere hacer jugar la política de arriba.



La política otra, ¿con qué piezas arma el juego del mundo nuevo?



En la política otra, la política abajo y a la izquierda, no hay piezas ni juego, salvo que a poner el cuerpo se llame juego.



Ética es poner el cuerpo



Dicen los zapatistas que el pensamiento crítico ha sido postergado, nuevamente, por las urgencias de los cálculos del momento. En su lugar gana espacio el marketing electoral. Pensar críticamente no es otra cosa que pensar contra sí mismo, contra lo que somos y hacemos; no para dejar de ser y hacer, sino para crecer y avanzar. El pensamiento crítico no


puede conformarse con el lugar al que ha llegado, por más interesante que sea. Ahora las izquierdas y los “intelectuales Petrobras” (ésos que se hacen financiar sus libros por multinacionales progresistas y estampan el logo de la empresa en la contratapa), se dedican a embellecer las supuestas realizaciones de los gobiernos progresistas. Su “pensamiento crítico” es más que curioso: critican al imperialismo del Norte, como si el del Sur no existiera, y a la “ultraizquierda” que, dicen, trabaja para las derechas. Pueblos enteros han sido avasallados por Petrobras, ávida de ganancias para convertirse en la primer petrolera del mundo (ya es la segunda). Esos intelectuales hablan de pensamiento crítico y de emancipación, como si no supieran que las empresas que los financian están manchadas de sangre.



Para nosotros el pensamiento crítico siempre fue, y será, autocrítica. Es el modo de pulir lo que somos, de mejorarnos, de hacernos mejores, más de verdad. Nunca estamos satisfechos con lo que hacemos porque siempre queremos ir más allá. No por afán de perfeccionismo ni de desataque. Los abajos necesitan ese motor que es la crítica/autocrítica porque no pueden conformarse con el lugar que ocupan en este mundo. No es un pensamiento científico en el sentido académico, porque no lo validan otros académicos sino la gente común, los abajos organizados en movimientos.



El pensamiento crítico es un pensamiento en tránsito, que no tiene vocación de fijarse sino de estar en movimiento, no sólo con los movimientos. No es un fin en sí mismo, porque debe servir a los más para sus resistencias que enfrentan siempre desafíos nuevos. Si no, ¿qué sentido tiene el pensamiento? No se aferra a las ideas que formuló en un determinado momento, está dispuesto a modificarlas porque no quiere tener razón para ser más que otros, sino con todos.



Es un pensamiento a cielo abierto, que nace y crece y siente cerca de los espacios de las resistencias. No cabe en academias ni en oficinas calefaccionadas/refrigeradas, y no depende de presupuestos. Si es de verdad, si es sincero y comprometido, pone el cuerpo junto a las ideas y los razonamientos. No piensa y manda a otros al frente, como los generales cobardes de los ejércitos que gastan millones de dólares en drones, esos aviones no tripulados que arrasan aldeas sin poner en riesgo la vida de ningún atacante. Para el que hace la guerra, es un videojuego: los drones se manejan con pantallas desde otro continente, por ahora Estados Unidos. Para el que la sufre, es el genocidio impersonal.



El pensamiento crítico, que es un pensamiento ético, no puede ser un videojuego donde el político pone las ideas y los demás ponen el cuerpo.



En las últimas páginas de la novela de Alejo Carpentier, “El siglo de las luces”, Sofía se lanza a la calle en el Madrid que se levantaba contra las tropas de Napoleón, el dos de mayo de 1807. Esteban intenta impedírselo porque era la muerte segura: cañones y fusiles contra gritos y cuchillos. Ambos acababan de sufrir la traición a los ideales de la Revolución Francesa:



—¡Vamos allá!


—No sea idiota: están ametrallando. No vas a hacer nada con esos hierros viejos.


—Quédate si quieres. ¡Yo voy!


—¿Y vas a pelear por quién?


—¡Por los que se echaron a la calle! Hay que hacer algo.


—¿Qué?


—¡Algo!



La ética como pensamiento crítico, y viceversa



Para navegar a favor de la corriente, para dejarse llevar sin mayor esfuerzo, no hacen falta pensamiento ni ética. ¿Qué sentido pueden tener la crítica y la ética si todo consiste en seguir la corriente? Si la senda ya está trazada, como dice la canción de un amigo uruguayo, y sólo nos queda transitarla, y además el camino es cuesta abajo, la crítica es un estorbo y la ética, a lo sumo, adorno. La crítica nos impele a salirnos del camino, a buscar laderas escarpadas, a embarrarnos hasta las orejas. La ética no puede transar con el conformismo.



Lo mismo puede decirse de aquellas prácticas políticas conducidas por dirigentes que concentran todo el saber y todo el poder, a quienes debe seguirse ciegamente. Quien haya conocido de cerca la experiencia de Sendero Luminoso en Perú, pudo comprobar que la relación entre los jefes “revolucionarios” y los militantes de base reproducía fielmente la relación vertical y autoritaria entre los hacendados feudales y los peones de hacienda.Ahí nunca hubo cambio sino mera reproducción de las relaciones de opresión, centradas en el “partido de vanguardia” cuyos timoneles navegaban impulsados por el viento de la historia.



“No hay otra cosa que haya corrompido más a la clase trabajadora alemana que la idea de que ella nada con la corriente”, escribió Walter Benjamin en “Tesis sobre la Historia”. Las mujeres y los indígenas, que no estaban contemplados en esa Historia grande, hicieron su camino contra corriente y por eso se convirtieron en sujetas y sujetos de sus vidas. ¿Será que la política electoral es fiel heredera de esa tradición conformista en la que no hace falta poner el cuerpo sino un papel en la urna cada cuatro o cinco años?



En la frase de Benjamin el sujeto no es “ella”, la clase trabajadora, sino la corriente histórica, así como en otras experiencias es el partido o el líder supremo. El infalible. Quienes venimos de la experiencia marxista/maoísta sabemos algo de eso. Los sujetos nunca fueron los campesinos de carne y hueso sino el Gran Timonel, el Libro Rojo (¿o era verde?), o la dirección superior. La gente común, a la que siempre nos referimos como “masa”, era eso: materia blanda moldeable por la dirección y/o la línea correcta. En la masa nunca supimos ver personas, nunca apareció un Viejo Antonio o una niña de nombre Patricia, hombres y mujeres verdaderos con pensamientos, tradiciones, identidades, con las que pudiéramos dialogar y de las cuales aprender. Los escasos nombres propios que aparecen en los principales cuentos del Gran Timonel, son personajes extranjeros o bien otros dirigentes de las alturas. Nunca el común, nunca el abajo.



En consecuencia, nos dedicamos a seguir los pasos de los “grandes”, de los verdaderamente importantes, de los jefes históricos (varones, ilustrados, hábiles en manejar la jerga correcta). Cada frase de los dirigentes era leída y releída hasta sacarle algún sentido extraordinario, cada gesto era estudiado, cada fotografía escudriñada, y ese ejercicio el mirar siempre hacia arriba— nos embotó la capacidad de ver, escuchar, sentir las alegrías y los dolores de los de abajo. De todos aquellos que no tenían un discurso pulido, que no frecuentaban los lugares y los modos del poder. Ellos, y ellas, eran tan invisibles para los “revolucionarios” como lo fueron para los funcionarios imperiales. (Si me extiendo en esta tradición no es porque sea excepcional, sino porque duele, lastima, y mantener vivo ese dolor es la única forma que conozco de no repetirlo).



Esa penosa tradición llega hasta nuestros días y asume formas mucho más refinadas y corteses, impersonales y científicas. Entre los académicos: cifras y datos objetivos que esconden a los seres humanos detrás de gráficas y estadísticas. ¿No hay algo en común entre todas las formas de hacer y de pensar que esconden el dolor humano?



Si es cierto, como dice Benjamin, que la vida cotidiana de los oprimidos es un “estado de excepción” permanente, y para comprobarlo basta ir a una comunidad indígena o a cualquier barrio pobre de cualquier periferia urbana latinoamericana, surge un imperativo ético. No es más posible pensar críticamente por fuera del estado de excepción, lejos del lugar donde se ejerce el poder desnudo de la violencia física. Para tomar distancia, para hablar en nombre de los de abajo, han sido creadas las agencias para el desarrollo. En adelante, el pensamiento crítico nacerá en las condiciones que nos impone el estado de excepción, o no será pensamiento ético.



Dirán que se pierde la distancia necesaria para poder ejercer la crítica. En este punto hay una diferencia fundamental, que tiene que ver con la forma como se elabora conocimiento: desde dónde y en qué circunstancias se habla, se piensa, se escribe. Hay dos opciones. O los de abajo son excusa para que otros hagan política o elaboren tesis, o una y otra se elaboran en minga, en trabajo comunitario, con los abajos. “No queremos seguir siendo escaleras de ustedes”, gritan los aymaras bolivianos a los políticos de arriba; a los de derecha, a los de izquierda y ahora también a los políticos “plurinacionales”, que es la última fauna nacida para parasitar los movimientos.



La mayor ambición que podemos tener los militantes, los pensadores, los escribientes, los que sea…, es dejar de ser lo que somos. Que los demás nos desborden, nos sobrepasen, que al volverse pensadores colectivos, escribientes colectivos, militantes que mandan obedeciendo, “anulen el terreno de su realización”, como dice la carta a don Luis Villoro. ¡Qué alegría mayor que un pensamiento lanzado al viento, llegue a encarnar en los más diversos colectivos, quienes lo amplifican, enriquecen y modifica n hasta volver irreconocible su origen, al convertirse en patrimonio de todos y todas!



Ahí quedan algunas ideas desordenadas, escritas al calor de la rabia que provoca la impotencia de comprobar cómo la rebeldía de los pueblos intenta ser negociada en el mercado de los intereses geopolíticos.



Salú a los indígenas chiapanecos que nos enseñan que se puede vencer el miedo en colectivo.



Raúl Zibechi


Montevideo, marzo 2011.