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miércoles, 25 de marzo de 2009

Descontento y coraje emprendedor...

La rebelión de la técnica
Gustavo Esteva
Lunes 23 de Marzo de 2009


Son tiempos de rebelión. El descontento se transforma en coraje emprendedor.

La evidencia de que las corporaciones privadas y los aparatos estatales que supuestamente garantizaban buena vida deterioran las condiciones de vida de la mayoría, produce frustración, rabia, incluso desesperación. Al perder legitimidad y credibilidad las instituciones que parecían formar parte inamovible de la realidad social, surge una sensación de vacío e incertidumbre.

Todos esos sentimientos paralizantes, empero, pueden convertirse en impulso a la acción cuando la gente se da cuenta de que es posible poner fin al mecanismo de opresión que la despoja continuamente. Al redescubrir su propia fuerza, en su organización autónoma, hombres y mujeres ordinarios se afirman en su dignidad. Y se rebelan.

En Oaxaca, este fin de semana, esta rebelión tomó una forma peculiar. En el Foro Nacional de Tecnologías Apropiadas, que organizó ahí una docena de organismos civiles, la gente juntó manos y cabezas para mostrar que la sociedad tecnológica misma, con todas sus supuestas maravillas, ha perdido también legitimidad y credibilidad. Por años se multiplicaron causas de descontento: la congestión del tráfico, la contaminación, los daños a la salud (incluyendo los causados por el propio sistema médico), o los horrores del sistema educativo y del alimentario: como ha dicho Eduardo Galeano, en la actualidad, quien no teme al hambre tiene miedo de comer, porque ya no se sabe qué contiene lo que se sigue vendiendo como alimento. Y así hasta el infinito.

Tradicionalmente, la gente atribuía todos estos aspectos negativos de la técnica a su mala administración, no al instrumento mismo –que parecía protegido por el aura de la civilización científico-tecnológica que lo había generado.

Finalmente, la gente empezó a decir ¡basta! Fueron primero algunas vanguardias disidentes, que se animaban a poner en prácticas las alternativas. Acuñaron la expresión tecnología apropiada. Habían descubierto que el instrumento mismo, hasta entonces percibido como hazaña civilizatoria, no era adecuado al fin que se perseguía, por sus propias características o por el nexo lógico y social que imponía al emplearlo.

Como respuesta, concibieron y pusieron en práctica tecnologías apropiadas a las intenciones de quienes las usan, que lo son, además, porque esos usuarios pueden apropiárselas, hacerlas propias.

En vez de que el uso del instrumento esclavice al usuario, haciéndolo radicalmente dependiente de la maquinaria mercantil o estatal que lo controla, la tecnología apropiada lo libera de esa dependencia radical y le permite recobrar y fortalecer su autonomía.

Un centenar de personas de grupos procedentes de diversos estados y países recorrieron por las mañanas del jueves y el viernes experiencias concretas de grupos oaxaqueños, en el campo y en la ciudad. Por la tarde se reunieron a reflexionar sobre el tema en el Centro Cultural de Santo Domingo.

El sábado y el domingo tuvo lugar una feria especial. Se exhibieron centenas de ideas, equipos o prácticas que representan una alternativa a las imposiciones del mercado y el Estado. Mientras los expositores explicaban sus experiencias a los incontables asistentes –pocas ferias han despertado en Oaxaca tanto interés como ésta– se organizaron talleres en que los participantes pudieron aprender cualquier variedad de prácticas: cómo construir una casa con tierra apisonada, cómo emplear los dedos para la sanación, cómo hacer agricultura urbana, cómo emplear software libre, cómo practicar el sobreciclado, cómo producir bicimáquinas o usar un camión que se mueve con aceite de cocina usado…

Paralelamente, dentro de la propia feria, se hicieron escuchar numerosos oradores, cada uno de los cuales relataba una experiencia concreta. Todos cumplían el propósito del foro: compartir ideas, equipos y experiencias para la vida buena. Algunos ocupaban su espacio para presentar pronunciamientos políticos específicos, que el foro empezó a recoger colectivamente, con denuncias, resistencias o afirmaciones –para mostrar que se mantiene la resistencia contra Chedraui, que destrozó un bosque urbano de Oaxaca, para reafirmar la lucha contra el maíz transgénico o por la liberación de todos los presos políticos, de Oaxaca, Atenco y muchas otras partes.

Éstas son las rebeliones que hacen de la crisis una fuente de esperanza. Mientras los desastres nos acosan y se ahonda la desconfianza en el mercado y en el Estado, es decir, en el capital y sus ineptos administradores, la gente toma de nuevo en sus manos la definición de la buena vida, que había delegado en aquéllos, y la forma de vivirla, que se había sacrificado en el altar de una tecnología ajena y enajenante.

Son tiempos de rebelión. Son tiempos, además, en que todas las rebeliones se encadenan, como circulación promisoria de las luchas populares.

sábado, 7 de marzo de 2009

Proceso de Emancipación III...

Foto: Archivo Veredas. Oventik


http://www.jornada.unam.mx/2009/03/07/index.php?section=politica&article=013n1pol
Instituciones chiapanecas no registran los indicadores
Los zapatistas ya erradicaron alcoholismo y drogadicción
Hermann Bellinghausen
Enviado
Sábado 07 de Marzo de 2009


Municipio autónomo Lucio Cabañas, Chis., 6 de marzo. Un logro de salud indiscutible de las comunidades zapatistas es la erradicación del alcoholismo desde hace 20 años. Se dice rápido. La diferencia en la cotidianidad familiar y comunitaria es profunda e implica menos violencia, lo cual ya es un indicador de sanidad. Y más tratándose de pueblos indígenas y conociendo los estragos que causa en ellos el alcohol, siempre de mala calidad.

Lo registran crónicas y novelas: a los indios se les controla con trago. Estos mismos pueblos de Chiapas visitó Fernando Benítez en los años 70 y los encontró postrados, con la dignidad humillada, ebrios como en epidemia. Hoy eso nunca se ve en las comunidades en resistencia. Las fiestas que han prodigado durante 15 años, visibles o discretas, grandes o pequeñas, siempre de baile hasta el amanecer, transcurren sin gota de alcohol. Es una excepción absoluta a escala nacional, con carnavales y fiestas patronales a golpe de posh, aguardiente o brandy sintético. Y sin ir más lejos, cualquier fin de semana.

Al no beber, los campesinos, en particular los varones, eliminan el riesgo de enfermedades frecuentes en los pueblos indígenas: úlcera, cirrosis, desnutrición y heridas con machete por quítame de ahí esas pajas. No se refleja en los indicadores de salud de las instituciones gubernamentales, pero su efecto en salud pública, bien mirado, es espectacular.

No se diga la inexistencia de consumo o comercio de drogas, tampoco permitidos en las comunidades autónomas. El retorno al alcoholismo suele ser el camino de las deserciones en comunidades divididas e instrumento estelar en las estrategias de contrainsurgencia desde 1995.

El mural en la fachada de la clínica autónoma Esperanza de los Pobres, pintado por los propios promotores de la salud, flanquea el acceso a las instalaciones, tan pobres como su nombre lo indica, pero de una limpieza que rechina en los ojos. Su parte principal es como un libro abierto con instrucciones para el camino de la salud. También es una pintura que podría estar expuesta en un museo, aunque sólo hable del aseo personal y el comunitario, la letrina, los pasos para separar la basura, atar los animales, barrer el patio. Todo expresivamente ilustrado.

Los promotores de guardia, un joven y una muchacha, tzotziles muy avispados, permiten a La Jornada recorrer sus instalaciones. Un consultorio amplio, apenas equipado con una mesa de exploración e instrumental básico; bajo el vidrio del escritorio, una foto grande del doctor Ernesto Che Guevara. Una sala de ginecología para control de embarazo, partos y exámenes. Un área dental. Una farmacia con lo más básico, ordenada con cuidado. Atendemos aquí y a domicilio, afirma el promotor. Rara vez contamos con un médico, pero acompañamos a la gente que debe ir al hospital. Desde aquí se distribuyen también las vacunas del municipio autónomo.

Sobre un asiento trasero de combi, apoyado en la pared de la entrada, se lee: sala de espera. Nos guían al laboratorio donde se realizan biometrías, exámenes de orina, el Barr para tuberculosis, coprocultivos, Papanicolau. Anochece. Llega apresuradamente una familia indígena con un bebé llorando. El promotor los acompaña al consultorio.

Esa es la ambulancia, señala Irma, la promotora, hacia una combi acondicionada para trasladar enfermos. Hace años que es promotora, y parece disfrutarlo. Si algo resalta en las clínicas autónomas zapatistas es la falta absoluta de negligencia. No podrían tenerla, además. Las comunidades no lo permitirían.

De la oscuridad de la calle brotan tres figuras; una de ellas encobijada. Es un anciano con dificultades severas para respirar. Irma se despide y conduce al anciano al interior de la clínica. Hay noches que aquí no duermen, como en los hospitales grandes.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Proceso de Emancipación II...


http://www.jornada.unam.mx/2009/03/01/index.php?section=politica&article=016n1pol
No hay especialistas ni camas, dice encargado de clínica en caracol
El gobierno, omiso ante falta de servicios médicos en Chiapas
Hermann Bellinghausen
Enviado


Oventic, Chis., 28 de febrero. Del consultorio principal de la clínica La Guadalupana brota el llanto intermitente pero intenso de un bebé, el crepitar agudo y frágil de sus pulmones. Sale, preocupado, un médico, cooperante europeo, que trabaja aquí con frecuencia. Habla con los ‘compas’, se asesora con dos enfermeros, entra de nuevo al consultorio.

Un anciano y una anciana toman el sol allí mismo, tal vez post operados, en sendas sillas; él, conectado a un frasco de suero que cuelga a su lado; ambos con sus batas azules de hospital. Convalecientes y pacientes miran el trasiego por la calzada del caracol, tan animada como siempre. A sus espaldas, un mural con grandes retratos del Che Guevara y Emiliano Zapata. En un extremo, en el laboratorio de herbolaria dos mujeres tzotziles envasan sustancias en frasquitos traslúcidos de plástico.

Por la ventana de la cocina contigua asoman las canciones y las voces zapatistas de Radio Amanecer del Pueblo. En dos mesas al aire libre, otros jóvenes indígenas elaboran alguna clase de registros: rodeados de papeles atienden a personas que acuden a ellos de tanto en tanto.
Luis, responsable de salud del caracol de Oventic, y promotor desde hace 15 años, recibe al reportero en la azotea del inmueble, donde hay aulas y dormitorios para los promotores de todos los Altos. Intranquilo, pálido.

–Ese niño no puede respirar. Tiene 20 días de nacido. Y le dan paros respiratorios –explica. La conversación es interrumpida un par de veces por otros promotores que le informan en tzotzil sobre los preparativos de un carro para el traslado. La habitual ambulancia que tienen, bien equipada, está en reparación. Han debido acondicionar una Nissan de carga.

–En nuestra zona de los Altos hay muchos problemas de salud. Siempre es así en las comunidades indígenas. Por parte del gobierno no ha habido cambios reales de la atención. No ha mejorado. Gastan montones de dinero, ponen edificios, llenan las carreteras con sus ambulancias y camionetas para el traslado de su personal. A la hora que la gente los necesita no hay médicos, ni equipo, mucho menos medicamentos.

Quizá sea el momento, pero Luis luce abrumado. Reiteradamente autocrítico, admite que el servicio autónomo de salud es muy pobre. Nos falta mucho, dice.

–Los hospitales del mal gobierno están llenos de indígenas. No hay camas, ni especialistas, y siempre dicen que el paciente no está grave, aunque sí esté. Si necesita un estudio mayor, lo ven como una imposibilidad.

A veces, la clínica de Oventic cuenta con médicos voluntarios y el apoyo de cirujanos, pero en general se atienen a sus propios recursos. En la atención que damos en las comunidades con nuestros poquitos conocimientos, tomamos en cuenta a los enfermos y damos talleres con educación para las familias. Y añade:

–La desnutrición es un problema general en los Altos. En algunas partes, no en este municipio de San Andrés, hay tuberculosis. En nuestras comunidades damos las vacunas. Y detectamos los casos.

Aunque repite que falta mucho, reconoce que antes había más muertes, con el esfuerzo han disminuido. Desestima lo que digan los del mal gobierno sobre la salud de las comunidades zapatistas: No dicen la verdad.

Llega una enfermera para avisarle que todo está listo. Luis interrumpe la plática, baja a la clínica, sale y toma el volante de la Nissan. En el asiento trasero viaja el bebé, diminuto y oscuro, en brazos de una promotora operando la mascarilla que cubre la carita del menor. A su lado, la madre, no muy joven, trata de sonreír, sin conseguirlo. En la caja de atrás, bajo un cobertizo de lona negra, el padre de la criatura irá todo el camino, hasta el hospital civil de San Cristóbal de las Casas, sosteniendo el alto tanque de oxígeno conectado por la ventanilla a los pulmones de su hijito.

Emprenden un viaje lo más veloz posible al valle de Jovel. Más de una hora entre la serranía, rebasando incesantes volteos que dicen CTM y van a vuelta de rueda. Hasta el hospital, en el centro de San Cristóbal. Luis se estaciona en la puerta de urgencias, desciende del vehículo y junto con la promotora que carga al niño se introduce en el edificio, abre la puerta de los ingresos sin vacilar ni detenerse en la ventanilla ni pedir permiso. Ponen al bebé en una camilla y demandan atención inmediata de los doctores.

Les advierten que no hay cupo, ni camas. Los promotores zapatistas insisten con firmeza y un médico termina por hacerles caso. Luis no ceja hasta que su compañera, auxiliada por una enfermera, coloca al niño en un respirador. Entonces sale a la calle, habla con la madre en tzotzil. Y después me dice, más tranquilo pero con todos sus nervios en alerta:

–Así cada vez. Si no lo hacemos nosotros, no nos atienden porque somos indígenas, creen que no sabemos, no les importa si se mueren nuestros enfermos. Si los dejamos hacer su gana, para ellos siempre será demasiado tarde, no tienen la culpa, se desentienden.
Foto: Moysés Zúñiga

domingo, 1 de marzo de 2009

Proceso de Emancipación II...

http://www.jornada.unam.mx/2009/03/01/index.php?section=politica&article=016n1pol
No hay especialistas ni camas, dice encargado de clínica en caracol
El gobierno, omiso ante falta de servicios médicos en Chiapas
Hermann Bellinghausen
Enviado
Domingo 01 de Marzo de 2009


Oventic, Chis., 28 de febrero. Del consultorio principal de la clínica La Guadalupana brota el llanto intermitente pero intenso de un bebé, el crepitar agudo y frágil de sus pulmones. Sale, preocupado, un médico, cooperante europeo, que trabaja aquí con frecuencia. Habla con los ‘compas’, se asesora con dos enfermeros, entra de nuevo al consultorio.


Un anciano y una anciana toman el sol allí mismo, tal vez post operados, en sendas sillas; él, conectado a un frasco de suero que cuelga a su lado; ambos con sus batas azules de hospital. Convalecientes y pacientes miran el trasiego por la calzada del caracol, tan animada como siempre. A sus espaldas, un mural con grandes retratos del Che Guevara y Emiliano Zapata. En un extremo, en el laboratorio de herbolaria dos mujeres tzotziles envasan sustancias en frasquitos traslúcidos de plástico.


Por la ventana de la cocina contigua asoman las canciones y las voces zapatistas de Radio Amanecer del Pueblo. En dos mesas al aire libre, otros jóvenes indígenas elaboran alguna clase de registros: rodeados de papeles atienden a personas que acuden a ellos de tanto en tanto.
Luis, responsable de salud del caracol de Oventic, y promotor desde hace 15 años, recibe al reportero en la azotea del inmueble, donde hay aulas y dormitorios para los promotores de todos los Altos. Intranquilo, pálido.


–Ese niño no puede respirar. Tiene 20 días de nacido. Y le dan paros respiratorios –explica. La conversación es interrumpida un par de veces por otros promotores que le informan en tzotzil sobre los preparativos de un carro para el traslado. La habitual ambulancia que tienen, bien equipada, está en reparación. Han debido acondicionar una Nissan de carga.


–En nuestra zona de los Altos hay muchos problemas de salud. Siempre es así en las comunidades indígenas. Por parte del gobierno no ha habido cambios reales de la atención. No ha mejorado. Gastan montones de dinero, ponen edificios, llenan las carreteras con sus ambulancias y camionetas para el traslado de su personal. A la hora que la gente los necesita no hay médicos, ni equipo, mucho menos medicamentos.


Quizá sea el momento, pero Luis luce abrumado. Reiteradamente autocrítico, admite que el servicio autónomo de salud es muy pobre. Nos falta mucho, dice.


–Los hospitales del mal gobierno están llenos de indígenas. No hay camas, ni especialistas, y siempre dicen que el paciente no está grave, aunque sí esté. Si necesita un estudio mayor, lo ven como una imposibilidad.


A veces, la clínica de Oventic cuenta con médicos voluntarios y el apoyo de cirujanos, pero en general se atienen a sus propios recursos. En la atención que damos en las comunidades con nuestros poquitos conocimientos, tomamos en cuenta a los enfermos y damos talleres con educación para las familias. Y añade:


–La desnutrición es un problema general en los Altos. En algunas partes, no en este municipio de San Andrés, hay tuberculosis. En nuestras comunidades damos las vacunas. Y detectamos los casos.


Aunque repite que falta mucho, reconoce que antes había más muertes, con el esfuerzo han disminuido. Desestima lo que digan los del mal gobierno sobre la salud de las comunidades zapatistas: No dicen la verdad.


Llega una enfermera para avisarle que todo está listo. Luis interrumpe la plática, baja a la clínica, sale y toma el volante de la Nissan. En el asiento trasero viaja el bebé, diminuto y oscuro, en brazos de una promotora operando la mascarilla que cubre la carita del menor. A su lado, la madre, no muy joven, trata de sonreír, sin conseguirlo. En la caja de atrás, bajo un cobertizo de lona negra, el padre de la criatura irá todo el camino, hasta el hospital civil de San Cristóbal de las Casas, sosteniendo el alto tanque de oxígeno conectado por la ventanilla a los pulmones de su hijito.


Emprenden un viaje lo más veloz posible al valle de Jovel. Más de una hora entre la serranía, rebasando incesantes volteos que dicen CTM y van a vuelta de rueda. Hasta el hospital, en el centro de San Cristóbal. Luis se estaciona en la puerta de urgencias, desciende del vehículo y junto con la promotora que carga al niño se introduce en el edificio, abre la puerta de los ingresos sin vacilar ni detenerse en la ventanilla ni pedir permiso. Ponen al bebé en una camilla y demandan atención inmediata de los doctores.


Les advierten que no hay cupo, ni camas. Los promotores zapatistas insisten con firmeza y un médico termina por hacerles caso. Luis no ceja hasta que su compañera, auxiliada por una enfermera, coloca al niño en un respirador. Entonces sale a la calle, habla con la madre en tzotzil. Y después me dice, más tranquilo pero con todos sus nervios en alerta:


–Así cada vez. Si no lo hacemos nosotros, no nos atienden porque somos indígenas, creen que no sabemos, no les importa si se mueren nuestros enfermos. Si los dejamos hacer su gana, para ellos siempre será demasiado tarde, no tienen la culpa, se desentienden.

Proceso de emancipación I...



http://www.jornada.unam.mx/2009/02/28/index.php?section=politica&article=014n1pol
Cuentan con clínicas autónomas capaces de realizar cirugías y practicar análisis básicos
Comunidades zapatistas alcanzan la autosuficiencia en servicios de salud
La situación en nuestros pueblos ha cambiado, y no por lo que hace el gobierno, señalan promotores
Hermann Bellinghausen
Enviado
Sábado 28 de febrero de 2008



Municipio autónomo 17 de Noviembre, Chis. 27 de febrero. La situación de salud de nuestros pueblos sí ha cambiado, y no por lo que hace el gobierno, sino por nosotros mismos. Ya son escasas las diarreas que antes mataban tanto niño; y cuando hay, las aislamos y tratamos. De eso ya no se mueren nuestros niños. No obstante, la salud es difícil en la práctica, reconoce José, responsable de la comisión de salud del caracol. Cualquier taller o capacitación tiene que salir de las necesidades de cada comunidad. Y con el trabajo de los promotores nos comunicamos cómo se enferma nuestra gente.



Con un dejo de ironía, comenta que donde el gobierno ve una clínica autónoma, pone una del IMSS para hacer competencia. Al principio, gana terreno, porque prometen mucho y reparten programas, pero pronto se ve que no cumplen la atención, faltan medicamentos, no tienen equipo o no lo usan.



Además, el gobierno busca comprar con dinero a los promotores, y si no aceptan, descalifica a los compas y hasta crea problemas con la gente que no está de paciente y no es de la resistencia. Pero estamos por conciencia, no por dinero.



En cualquier momento se pueden presentar casos que ameriten hospitalización o tratamiento de especialistas. En las clínicas autónomas hay ambulancias, o al menos un carro, para llevarlos al hospital de San Carlos (Altamirano) o al civil de San Cristóbal de las Casas, pero también contamos para algunas cirugías con los hospitales autómomos de Oventik y San José del Río.
Los promotores siguen los embarazos, y casi todas las compañeras tienen su niño en la comunidad, y si se puede, en su casa, y las atiende un promotor o promotora, pero si es difícil las traen a la clínica, que tiene cuarto de ginecología. El cuidado de la mujer incluye, asimismo, detección de cáncer cervicouterino y prevención y atención de infecciones. Las brigadas son constantes.



En la zona del caracol de Morelia hay unos 200 promotores de salud, que cubren diferentes áreas como mujer, dental o consulta general. La coordinación de las regiones que conforman la llamada región Tzotz Choj data de 1999. Antes, cada una se organizaba por su lado, así desde el levantamiento de 1994, relata José. Y en algunos casos, aún antes.



La clínica del municipio 17 de Noviembre, El Salvador Corazón de Jesús, se estableció en la comunidad de Morelia años antes del levantamiento y no ha dejado de funcionar. Dotada de consultorio, farmacia, laboratorio básico de análisis, sala de ginecología y clínica dental, está compuesta por cinco edificaciones y es atendida por cuatro promotores que se rotan cada cuatro días.



Todas las clínicas, unas 12 en este caracol, tienen farmacia con medicamentos básicos. Las casas de salud y botiquines de las comunidades son surtidos por las clínicas autónomas. Otra constante es la elaboración y empleo clínico de herbolaria: jarabes, ungüentos, tinturas, desinfectantes y otros productos naturales que forman parte de la farmacia.



Los zapatistas adquieren los fármacos que no elaboran ellos mismos. Y por ello, los enfermos deben pagar un precio muy bajo e igual para todos. Que la modesta economía autónoma suceda fuera del sistema estatal capitalista no impide que sea una economía en forma.



Periódicamente hay rumores y presiones oficiales para meter brigadas en los poblados zapatistas, con base en la suposición de que allí no se vacuna a los menores. En ese aspecto, como en otros, la población zapatista no existe oficialmente. No importa cuán cuidadoso sea el sistema zapatista de cartillas y registros, si las instituciones no lo detectan, consideran que no los hay.
Ocurre también a nivel censal. Centenas de pueblos y comunidades zapatistas creados desde 1994, y que en algunos casos constituyen municipios autónomos enteros, tampoco existen. Ni para los conteos oficiales, ni para la academia que se regocija en minimizar al zapatismo con ignorante voluntarismo ideológico. Para ellos nadie existe fuera de los registros, índices y programas gubernamentales.


Foto: Moysés Zúñiga